Semana
Santa
Procesión
del Silencio
La procesión
del Silencio va tomando año con año, un fuerte arraigo entre las celebraciones
de la Semana Santa en Oaxaca. Hace 14 años, en la parroquia de la
Sangre de Cristo se reunieron por primera vez para organizar esta
procesión el padre Pedro Osorio, la señora Ana Bravo Vasconcelos,
el maestro osé Humberto Palancares y el Sr. Carlos Ocampo Prieto;
cada uno expuso sus ideas, la soledad y la quietud de las hermosas
calles coloniales con su atmósfera señorial hacían pensar si sería
posible hacer realidad un sueño, lograr algo que pudiera ser para
el futuro contricción de los cristianos, curiosidad de los extraños
revivir algo que hace cientos de años se realizaba y que ahora al
rescatarlo pasaría a la lista de las celebraciones de Semana Santa
en Oaxaca.
La procesión
del Silencio lleva un orden programado: primero la cruz y los criales
que preceden a toda la procesión; después los estandartes bordados
en plata o en oro, portando relicarios con Antigüedad que los convierte
en piezas de museo, siguiendo las damas de la Tercera Orden de Santo
Domingo, acompañando al señor de la Columna, hermosísima talla del
siglo XVII que se venera precisamente en este Templo. A continuación
un hombre con los pies descalzos, encapuchado, cubierto tan solo con
un taparrabo carga una cruz muy grande y pesada; siguiéndole va la
Cofradía de las Siervitas, damas de la Virgen de Dolores, pertenecientes
al Templo del Patrocinio, todas en riguroso luto acompañando a la
Santísima Virgen, cargada en andas por otros penitentes también encapuchados.
Al final de la
procesión, veinte enormes lanzas adornadas cada una de ellas con motivos
de la pasión del señor (la corona de las espinas, los tres clavos,
la sábana santa, etc.), éstas son portadas por la otra Cofradía, escoltando
la hermosa escultura de la Preciosa Sangre de Cristo que se venera
en el templo del mismo nombre.
El día de la
Procesión del Silencio participan gente de nuestro pueblo, mujeres
sencillas envueltas en sus negros rebozos, fervorosas, anhelantes
de ir en la procesión, damas enlutadas con un aire de religiosidad
que las engalanan niños, jóvenes, señores, turistas de varias nacionalidades
que observan todo respetuosamente, se unen al misticismo que en el
aire se esparce.
Todos con una
vela forman una extensa valla que da más realce a la Procesión. En
los rostros de los asistentes se reflejan los más diversos sentimientos:
la fé, la veneración, la curiosidad,, el descubrimiento de lago distinto,
diferente.
El silencio es
total a pesar de la multitud. La chirimía y el tambor con su ritmo
ancestral, rasgan el silencio tristemente y así comienza la procesión.
Se inicia la caminata, lenta, ordenada, fervorosa, silenciosa, con
un respeto poco usual . A la luz de los faroles coloniales, las esculturas
toman vida al movimiento que los penitentes dan a las andas que los
sostienen. En 1986 se puso la primera piedra en el rescate de una
tradición legada por los dominicos hace cientos de años.
Investigación:
Doña Hortensia Vázquez de Lira.